Hace pocas semanas, el novelista y filólogo David Matías defendió en la Universidad de Extremadura su tesis doctoral ‘La producción geosimbólica de las Hurdes. Historia, teoría y práctica de un territorio imaginario’. En su reciente ensayo ‘Las Hurdes. El texto del mundo’, el profesor Fernando R. de la Flor habla de Las Hurdes como una fascinante «otredad peninsular» y Sergio del Molino, en su exitoso libro ‘La España vacía’, reivindicaba «la normalidad de un valle hermoso de un rincón de Europa visitado por unos pocos turistas». Uno de ellos es el profesor Jesús Gálvez, con quien comparto devoción por el escritor exiliado José Herrera Petere y que cruza casi toda España desde Tarragona, para veranear en una casa rural de La Pesga.
En Riomalo de Abajo se celebró este verano el festival hippie Lost Theory, al que acudieron seis mil personas de 56 nacionalidades y hace poco tuvo lugar en Pinofranqueado el certamen Las Hurdes Film Festival, con muestras de cine independiente de Serbia, México, Italia o Uganda. Es ésta una comarca que carga aún con el estigma de una miseria pasada, que exageró Luis Buñuel con fines políticos en su película ‘Tierra sin pan’, pobreza debida en buena parte al expolio al que la sometió secularmente el municipio salmantino de La Alberca y que sufre, como tantas otras comarcas extremeñas, el problema de una despoblación galopante. A un hurdano residente en Cáceres le oí decir que aquello del desarrollo y bienestar actuales en Las Hurdes es una ficción, que allí no hay nada, y elogiaba a cambio los pueblos de las Vegas Altas, sobre todo Villanueva de la Serena. Desde luego, si se trata de ir de compras, mejor Villanueva, o directamente Badajoz, antes que Aceitunilla, Cambroncino o Casar de Palomero.
Pero si se trata de conocer paisajes sobrecogedores y un enclave mágico y evocador, de un sublime difícil de explicar en una Europa cada vez más uniforme, Las Hurdes es un lugar único, que todos los extremeños deberíamos visitar más a menudo, acudiendo a esas cumbres y valles como los catalanes a Montserrat, los madrileños a su sierra o los griegos al monte Athos. Bien lo sabían los ermitaños que en otras épocas se retiraron y que llegaron a vivir dentro de árboles o aquellos monjes, menos aguerridos, que se asentaron en el convento de los Ángeles, cuyas ruinas ahora transmiten una dulce melancolía que recuerda los cuadros de Caspar David Friedrich y cuyo cercano Chorro de los Ángeles alegra la vista en una zona de vegetación privilegiada, especialmente hermosa durante el otoño.
Noticia: El periódico Extremadura
